El Señor lo llamó, lo preparó y lo sostuvo para pastorear con paciencia, firmeza doctrinal y un corazón conforme al de Cristo. Fue un siervo que predicó la Palabra a tiempo y fuera de tiempo, que lloró con los que lloraban, se gozó con los que se gozaban y nunca dejó de señalar el camino estrecho que conduce a la vida eterna. Su voz resonó en el púlpito como trompeta clara, anunciando arrepentimiento, gracia y verdad.
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